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Venezia - dic.03/enero04

Thursday, February 05, 2004

FIRENZE Y EL SINDROME DE STENDHAL
Si usted es de aquellos que, cuando abandonan una ciudad, se preguntan, para poner en orden los recuerdos, “¿Qué te llevarías a casa de todo lo que has visto?”, entonces no encontrará ciudad que se lo ponga más difícil que Florencia. No en vano aquí nació una exquisita enfermedad que ha hecho estragos en los tiempos modernos en los que, como afirma Boris Groys, el turismo se ha destacado como negocio esencial de nuestra sociedad hasta el punto de que ya es el turismo el que crea los lugares que se convierten en sus templos. Esa exquisita enfermedad nació en la iglesia de la santa Croce y aquejó a Stendhal, encargado por tanto de prestar su apellido al mal. Tras un largo día paseando por Florencia, entrando en iglesias y museos, tratando de no perder detalle para alimentar su Diario, admirando tallas, estatuas, fachadas, cúpulas, frescos, repentinamente sintió una extraña angustia acompañada de vértigos. Recurrió a un médico que, tras tomarle el pulso y mirarle los globos blancos de los ojos, le dijo que padecía una sobredosis de belleza.

Había nacido el síndrome de Stendhal, enfermedad que debe ser algo más que una mera anécdota cuando es concienzudamente estudiada, diagnosticada y medicada por los profesionales (hasta el punto de que los mejores especialistas trabajan en un departamento exclusivo del Hospital Santa María Novella). Admitirán que ningún lugar mejor para empezar nuestro paseo florentino que la iglesia en la que nació una enfermedad tan prestigiosa.

Alguien ha dicho que Santa Croce parece un inmenso establo, y en efecto esa impresión puede sacudirnos al reparar en sus techos de madera, y su iluminación pobre. El aspecto exterior no deja sospechar lo que encontraremos dentro, pues la fachada es muy reciente y el mármol blanco que la singulariza no casa del todo con un interior que data de finales del siglo XIII. No hay que olvidar que es una iglesia franciscana, orden que tenía la pobreza como mérito grande para el ascenso a los cielos.

Lo que primero impresionará al Stendhal inevitable que llevamos dentro es el suelo: está tapizado de tumbas hasta el punto de que no será raro acoger la sensación de que hemos entrado en un cementerio. Puestos a hablar de tumbas, uno de los lugares más reclamados del interior de la iglesia es la de Miguel Ángel, que no está en ningún suelo, sino que está custodiada por un conjunto escultórico. Aunque ya que estamos comparando tumbas, hay que decir que una de las más imponentes es la de Galileo Galilei, si bien se trata de un monumento de pega: quiero decir que allí no están los restos del sabio —o no estaban hasta ahora, no sé si eso habrá cambiado— pues la Iglesia condenó como hereje a quien dijo que la Tierra se movía y no se permitió que se le diese sepultura sagrada. Así que su verdadera tumba está -o estaba hasta que el Papa lo redimió de sus terribles y heréticos aciertos- en una capilla a la que no se consiente el acceso de nadie.

De todas maneras, si algo significa de veras Santa Croce no es la colección de muertos ilustres que guarda, sino la inolvidable viveza de los frescos que pintó Giotto, que ha sido denominado el primer pintor moderno. En efecto, su logro esencial consistió en corregir las tradiciones recibidas para arrimar la pintura a un realismo que escapara enérgicamente de la necesidad de lo simbólico. Eso aparte, la radiante pureza de sus colores -muy maltratados por el tiempo, porque pintó sobre yeso fresco, y devueltos a su pureza original por una minuciosa restauración- hacen de sus obras radiantes piezas de un mundo singularísimo.

Se dice que la Santa Croce forma junto con el Duomo y Santa María Novella los símbolos sacros primordiales del orgullo florentino. En efecto, los tres templos fueron pagados por el municipio. El Duomo no pueden llevárselo a su casa aunque lo elijan como lo más inolvidable que vieron en Florencia. La cúpula de teja del Brunelleschi, tan gigantesca, es la proeza mayúscula de un Renacimiento que no cesó de producir proezas. Erigida en el esplendor de la República de Florencia, cuando a la expansión política acompañaban la económica y la urbanística, expresaban el deseo florentino de ascender a su ciudad a la categoría de las grandes. De hecho, el Duomo es la cuarta iglesia de la cristiandad, en cuestión de tamaño.

Si la cúpula de Brunelleschi puede verse desde cualquier punto de Florencia (y de Italia, que diría un florentino), y anuncia cierta ampulosidad, ésta quedará desmentida en cuanto nos internemos en la catedral, de una sobriedad llamativa. Es una pena que se desatendiera la orden de Brunelleschi de decorar el interior de su cúpula con mosaicos: se prefirió recurrir a los consabidos frescos, con escenas del Juicio Final, meritorios pero fatigantes, sobre todo porque oponen al racionalismo evidente del arquitecto una pomposidad que no acaba de casar con él. Como de cuento es el Campanile que diseñó Giotto y que es vecino del Duomo: puede saberse la hora del día dependiendo de si la sombra de Brunelleschi se proyecta sobre el Campanile de Giotto o si la de éste afecta a la cúpula del primero. Hay que subir más de cuatrocientos escalones para alcanzar la cima y echar un vistazo a la plantación de tejados que es Florencia. Sólo con visitar pacientemente el Duomo y el Campanile, ya sentirán leves vértigos stendhalianos, pero si aún le quedan ganas, merece la pena echar una ojeada a las puertas de bronce del Battistero, sobre todo a las que Miguel Ángel bautizó como puertas del Paraíso. Pero nada de esto se podrán llevar a casa, más que metafóricamente.

Esplendor gentil
Donde sí se alinean cientos de joyas que, no lo duden, enriquecerían su salón con una lumbre antigua, hermosa y elegante es en la legendaria Galería Uffizi. Ya los edificios que alojan una de las más impresionantes colecciones del mundo son joyas por sí mismos (quiero decir, que si estuvieran vacíos merecerían igualmente una visita). Son obras de Vasari, y albergan tanto la memoria de lo que fue Florencia —en el sentido más literal del término, porque se guardan allí los archivos de la ciudad— como la ambición de un apellido que es inseparable del nombre de la ciudad (y que no me perdonaré haber tardado tanto en citar): los Médicis.

De las muchas villas que fueron propiedad de los Médicis procede gran parte de la interminable colección de obras que atestan estos edificios. No es sólo una monumental pinacoteca -de hecho es famoso que el historiador del Imperio Romano Edward Gibbon se complacía en decir que a los Uffizi había que ir a ver las esculturas clásicas, y Shelley ni siquiera reparó en los cuadros de las paredes, pues sólo dedicaba atención a discóbolos, pensadores y atletas de mármol-.

Igual que la enfermedad de Stendhal nació en la Santa Croce, el movimiento prerrafaelista inglés nació en los Uffizi, pues fue el interés del crítico de arte y esteta sin desmayo John Ruskin, el que dio aliento nuevo al interés por la pintura renacentista en la que los pintores ingleses del XIX encontraron un magisterio que trataron de imitar. Para no hacer de este párrafo un largo catálogo de nombres propios, diremos que lo más aconsejable para quienes no quieran exponerse al riesgo de padecer allí mismo las sacudidas del síndrome de Stendhal, es dedicar sus fuerzas primeras a la Sala 2, donde Cimabué, Giotto -con un retrato de la Virgen en el que se inventa el realismo- y otros pintores del XIII compiten con obras de una delicadeza, y a la vez una potencia expresivas, difíciles de adjetivar.

Más adelante están los archiconocidos Duques de Urbino que pintó Piero della Francesca. Como se sabe, el duque exigió ser fielmente representado, no mejorado: incluso posó de perfil para que se hiciera evidente su defecto principal, del que se sentía muy orgulloso: una nariz excesiva que debía su tamaño a un espadazo bélico. Unas salas más allá les sobrecogerá El Nacimiento de Venus de Boticcelli, o El Bautismo de Cristo de Verrocchio. Y hay que hacer una visita a La Tribuna, que es una estancia octogonal donde se representa el cosmos y en la que está la sensualísima Venus del siglo III antes de la Cruz.

Es difícil elegir entre tanta Venus -está la de Tiziano, por ejemplo, de la que Lord Byron afirmó que es la Venus definitiva-. Y no se me puede olvidar que destaca también alguna obra maestra de Caravaggio, como El Baco, o alguna obra maestra de Rafael como La Virgen del Jilguero. Se sale de los Uffizi un poco mareado, es cierto, confundiendo nombres e imágenes, sin estar del todo seguro si la Virgen del Cuello Largo es de Parmigiano o de Tiziano.

Imaginemos a Stendhal saliendo de los Uffizi, buscando un poco de aire y acabando en la Piazza della Signoria, la más famosa de Florencia, con su colección de mármoles, bronces y piedras exquisitamente talladas. Sentados en los peldaños de la plaza, decenas de personas tratan de recuperarse, pero no hay lugar donde se pose la mirada que no sea obra de arte. Como se ve es muy difícil elegir algo que llevarse a casa.

Pero la competencia seguirá endureciéndose si se llega a la fortificación del Bargello, donde se instala el Museo Nacional de Escultura y donde Miguel Ángel compite con el gran Benvenutto Cellini y Donatello con Brunelleschi. Y falta todavía acudir a presentar nuestros respetos a la belleza del David de Miguel Ángel, tan impresionante —aunque reconozco que a mí me impresiona más el Perseo de Cellini— allí al fondo de un pasillo de la Galería de la Academia de Bellas Artes de Florencia, que fue la primera escuela de arte fundada en Europa, y cuya colección no tenía otro objeto al principio que proporcionar modelos a los alumnos. Pueden sobrecogerse con los maravillosos Prisioneros de Miguel Ángel -esas figuras que hacen esfuerzos por salir de la pieza de mármol que los encierra- y hacer la obligada visita a la pieza maestra de Buonarotti: pieza de cuatro metros de altura que una vez estuvo expuesta en la Piazza della Signoria hasta que, a finales del XIX, la guardaron en las salas de la Academia.

Hay decenas de museos en Florencia —la Casa de Dante merece una visita, por ejemplo— e incontables iglesias, cada cual con algún retablo maravilloso —en San Marco, los frescos tan puros de Fra Angelico— y no sé cuántos palacios con colecciones imponentes. Florencia es prácticamente obra de una familia de banqueros, los Médicis, que durante tres siglos se enorgullecieron en una creación en la que todo se diría resueltamente medido. Su escudo se ve por todas partes, su nombre aparece una y otra vez en los catálogos de los sitios que hay que visitar. Su historia, en la que no faltan los componentes de novela negra y los de novela erótica, está llena de meandros, laberintos, pasiones. Convirtieron la Toscana en ombligo del mundo, impulsando a pintores, poetas y científicos (por ejemplo beneficiaron a Galileo Galilei alentándolo en sus investigaciones astronómicas).

No es de extrañar que Florencia esté llena de orgullo por su pasado. Lo decía Stendhal: “Pregúntele a los florentinos qué es lo que son y responderán diciendo qué es lo que fueron”. Que su principal problema hoy sea la horda turística ha exigido que la ciudad se defienda a sí misma: al parecer van a imponer una especie de impuesto artístico para limitar las visitas o para conseguir que la conservación de sus tesoros recaiga en los turistas. Desde luego no sólo de arte vive el turista, aunque sí sólo del turismo viva hoy una ciudad como Florencia. El pasado no nos ha dejado hablar de las preciosas obras arquitectónicas de uno de los grandes arquitectos del siglo XX: Michelucci, autor de la maravillosa estación de tren y de la iglesia de San Juan Bautista (dos obras financiadas por el fascismo, pues a Mussolini le encantaba la arquitectura y potenció a los arquitectos racionalistas).

Es difícil decidir qué se llevaría uno a casa de una ciudad como Florencia. Se queda prendado de los colores del Ponte Vecchio, recuerda todo lo que ha visto, se acuerda del síndrome de Stendhal, y acaba decidiendo que tiene que volver para decidir con más confianza. Autor: Juan Bonilla.
EL SINDROME DE STENDHAL
Gran sensibilidad receptiva, avidez, hambre de contemplar la belleza artística y predisposición anímica son las principales características que tienen que coincidir en una persona para que padezca el denominado síndrome de Stendhal, que se puede definir como "la situación anímica que se produce al observar obras de belleza impresionante, fundamentalmente en un corto espacio de tiempo y acumuladas en una ciudad", ha explicado Jesús Martínez-Falero, patólogo digestivo, en su discurso de ingreso en la Real Academia Conquense de las Artes y las Letras sobre El arte, el artista creador y su mundo.

Martínez-Falero, que se jacta de ser el único médico que pertenece a la citada academia, destaca que "todos nos beneficiamos con el regalo que supone para el espíritu contemplar una obra de arte o escuchar una sinfonía que podemos aplicar como terapéutica consoladora en las horas tristes". Martínez-Falero, miembro también de otras tantas academias, se pregunta qué le puede ocurrir al espectador que contempla el arte.

Ciudades artísticas
Para ello, cita el síndrome de Stendhal, que lleva el nombre del escritor francés de finales del XVIII y principios del XIX. Stendhal ya describió este síndrome en su libro de viajes Roma, Nápoles y Florencia, publicado en 1917. "Los expertos que lo han estudiado después -afirma- coinciden en que se produce en personas que contemplan la extraordinaria belleza artística, acumulada en una ciudad en poco tiempo y ávidas del arte".

Suelen ser turistas de mediana edad, en mayor proporción mujeres, que viajan solas, procedentes de ciudades tranquilas, de vida ordenada, monótona y sin grandes estímulos artísticos, que "después de visitas sucesivas a bellos recintos arquitectónicos, repletos de pinturas y esculturas, son víctimas de un estado de ánimo que se manifiesta en un cuadro clínico con variantes en cada caso, pero que generalmente se presenta con angustia, confusión, excitación, temblor, palpitaciones en el corazón, sudoración, zumbido de oído; todo de aparición súbita y con un evidente sustrato vegetativo". J. Escudero

Wednesday, February 04, 2004

POST-SCRIPTUM

La Plata, miércoles 4 de febrero 2004
Hola a todos. Me quedó por contarles una alternativa del viaje de regreso. El domingo debí salir de Spresiano en tren hacia Venezia Mestre para desde ahí combinar hacia Milano. Como tenía que esperar cinco horas hasta la partida del vuelo a Frankfurt, gracias a una sugerencia de Yeyo dejé la valija en el “bagallero” de la estación central de trenes de Milano y enfilé directo a hacer algo que valía la pena. Antes de proseguir voy a contar otra cosa.

Ya me cansé de relatar lo evidente: los italianos se manejan con una moneda y unos valores muy distintos a los nuestros, su relación ingresos-egresos nada tienen que ver con la propia tercermundista; nos resulta demasiado elevada por no decir casi imposible. En la Términi de Milano intenté comer algo y me arrimé a un bolichito de los tantos que hay, miré y miré hasta que me decidí por un “panini” o sea un sanguchito de jamón y queso (de dorapa)… E.3 o sea $10 argentinos. Iba a acompañarlo con una Coca Cola pero desistí, no iba a pagar E.2.50 por un vaso de Coca.

La Estación Central de trenes de Milano es grandiosa, digna del potencial económico que representa la ciudad. Decir gigantesca es poco, muy sólida en su construcción mezcla ladrillos y enormes piedras con estatuas y gigantescos leones que tiran toneladas de agua por la boca. Como en todos los otros lados donde estuve en éste se observa lo mismo… pasan miles y miles de personas por día y los pisos brillan, los mármoles relucen, casi no hay papeles tirados, todo funciona. Los mosaicos del pavimento semejan a los de Acquileia, hechos con esas piedritas policromadas tamaño media ficha de dominó que dibujan animales y bellas formas simétricas. Me llamó la atención la monumentalidad del edificio con sus tres o cuatro niveles de escalinatas. Al lado hay una plaza llamada “Duque de Aosta”. El bagallero me costó E.3 pero es por 9 hs.

Tomé el subterráneo (E.1) y me fui a conocer IL DUOMO di MILANO, una deuda que tenía con mi vista. Son nada más que cuatro estaciones, en la cuarta –San Donato- te bajás, salís por las escaleras mecánicas y te topás de frente con el monstruo gótico. Ay! hermano! ... madre mía lo que es esa chiesa… son infinitas agujas que se elevan al cielo queriendo agujerearlo rodeadas por miles de estatuas empotradas, arbotantes y gárgolas. Adentro se te caen las medias (se me caen de vuelta porque ya se me cayeron mil veces)… faaaa !!! Que Zeus, Dios, Abraham, Zoroastro y toda la runfla divina bendigan a los arquitectos que idearon semejante monumento y a los obreros que lo levantaron. Adentro me compré el librito de 20 carillas más barato que había (E.2) para poder dar una somera idea a mis amigos: 5 naves, 52 columnas que no abrazan una ni 20 tipos tomados de las manos, 158 mts. de largo, 93 mts. en el transepto, 45 mts.de altura hasta el techo en la nave central y 108 en la cúpula, 12.000 mts.2 cubiertos, 3.600 estatuas, 164 ventanas, 150 gárgolas, 4 órganos y unas vidrieras de vitraux que te hacen temblar, al igual que los mármoles del pavimento. Lo comenzaron a construir en el año 1386 y lo inauguraron en 1577, y aunque parezca mentira… en 1943 los genios militares lo bombardearon (los milicos tienen la puta costumbre de ir casi siempre a contramano de las manifestaciones culturales de los siglos).

Hay una estatua en particular que me conmovió, es la de San Bartolomeo deshollado llevando su propia piel sobre los hombros cual un digno manto; la talló un tal Marco D’Agrate en 1562. Il Duomo di Milano no es sólo de estilo gótico pero el abside sí lo es enteramente y es el más grande de todas las catedrales góticas de Europa.

Y ya que estaba en la ciudad de los Señores Sforza no me iba a ir enseguida de manera que entré en una enorme galería que está al costado del Duomo llamada Pasaje Vittorio Emanuele II, totalmente techada y muy bonita en su magnificencia y estilo. Alguien me dijo que es una de las galerías más renombradas de Europa y supongo que lo es porque la vi, la caminé, la juné bien de piso a techos y comprobé lo que me dijeron. Hice unos 200 mts. por dentro y desemboqué en otra plaza que tenía en el medio una gran estatua dedicada al maestro Leonardo da Vinci rodeado por sus cuatro discípulos (Andrea del Sarto y los otros tres). Leonardo mira hacia el suelo muy reconcentrado pero enfrente de él hay un edificio que me llamó la atención; le pregunté a unos estudiantes que estaban charlando en un banco y una de las chicas me dijo “Ma! Signore! … questo e l’edifici piu bello dil mondo, e la Scala de Milano, il palazzo di la música !!!” Tante grazie signorina !!!. En efecto, tenía delante de mis ojos La Escala de Milán, tal vez el más célebre monumento a la música que exista. Lo único que lamenté es que no estuviera Zulma conmigo convidándome con chocolate fondente.

Desandé rápido mis pasos queriendo llegarme hasta el refectorio de Santa María delle Grazie para ver La Cena del Vinci pero no me daba el tiempo así que regresé a la estación del tren, retiré mi valija y me fui al aeropuerto de Malpensa. Gracias Yeyo por el dato. Mario

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