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Venezia - dic.03/enero04
Wednesday, January 14, 2004
Spresiano, miércoles 14 de enero 2004
Otra vez saludo a mis amigos. Quiero hacer una breve consideración acerca de las obras de arte en pintura y escultura. He visto muchas –ya lo he relatado- de los más variados y célebres artistas; cada una te obliga a detenerte y hacerte cien preguntas sobre la obra en sí, su historia, el tipo que la hizo, la técnica, el estilo, quién y para qué y dónde se la encargaron, el material empleado, el tema o contenido de la composición y finalmente -sea una estatua o una pala- aquello que está representado. No es tarea fácil pero deja su provecho aunque sean más las preguntas que las respuestas.
Es evidente que son textos para ser leídos tal como se lee un libro, hay mil detalles en cada una que no están puestos porque sí ni azarosamente; obedecen a un plan preconcebido, hay un cálculo en el discurso de los artistas, un intento de transmitir una idea o una fantasía lenta y previamente amasada. No hay obra que no esté indisolublemente ligada a la época en que fue realizada y sin la historia de las circunstancias de ese siglo se traba el entendimiento. Por ejemplo, las pinturas de temas religiosos no se pueden apreciar bien si no se conoce un poco de historia sagrada y el particular tiempo y lugar en que fueron realizadas. Hoy no tendría sentido hacerlas y es por eso que los pintores se dedican a otros temas.
Las pinturas y las estatuas hablan, son palabras congeladas que cuentan varias historias en simultáneo, en principio cuatro, la del artista, su estilo y escuela, la del tema representado, y el lugar y época en que fueron hechas. Son un libro abierto y hay que aprender a leerlo; obviamente quien más estudió mejor lee. A poco que uno va adentrándose en ese mundo se va leyendo mejor y no resulta difícil empezar a identificar a los autores. Hay quienes tienen más capacidad descriptiva que otros, están los que utilizan ciertos colores específicos, los que dibujan bien o los que no pueden obviar detalles personales; los diestros en la perspectiva, los paisajistas, los retratistas, los naturistas, etc. El que pinta desnudos y el que no, los que prefieren temas mitológicos a los religiosos, los que pintan iluminando, los que prefieren oscurecer; hay para todos los gustos.
Tengo en la retina un cuadro del Tintoretto que vi el otro día en la L’Accademia de Venezia llamado “San Marco libera uno schiavo” que cuenta la historia de un milagro realizado por la intersección de San Marcos bajando del cielo para liberar a un esclavo. Hay unos treinta personajes en el cuadro, gente de la época vestidos a la usanza, hachas y martillos rotos, al fondo un paisaje clásico de construcciones románicas, una señora de espaldas con un chico en brazos, media docena con turbantes que señalan su condición de turcos, mucha agitación en todos, el esclavo estaqueado en el piso entregado, la asombrada cara del patrón que había dado la orden de matarlo rompiéndole las piernas... digo que parece una foto de brillantes colores, y sin embargo se notan las pinceladas. A uno le parece ser el fotógrafo y estar a metros de la escena real –aunque es imaginaria- y uno se consterna porque la escena pintada es viva, tiene fuerza y vibración, potencia y realidad. Me dije... ufff... menos mal que vino San Marcos a salvarlo a ese pobre tipo...
Esa tela –una de las miles- está plagada de detalles que observándolos hablan, cada cara está trabajada al detalle en su expresión, cada vestimenta tiene sus pliegues y acompaña al movimiento del cuerpo de cada personaje; si hubiera que escribir un libro describiendo la escena y todo lo que dice, ese libro tendría unas cien páginas y aún así no sé si lograría transmitir lo mismo. Con Zulma nos quedamos bobos mirándola, y es una más de las tantas que hay, tal vez no de las mejores del Tintoretto.
Por eso pienso que entrar a esos museos es como entrar a una biblioteca y querer leer cien libros en tres horas. Hay pintores y escultores –hay obras también- sobre los que se han escrito cientos de libros y artículos; hay pinturas de hace 400 años que todavía hoy se siguen estudiando. Gracias a ellas se ha podido reconstruir la historia de los siglos, saber cómo se vestía la gente, qué comían, cómo se divertían y qué pensaban. Las pinturas a la distancia de la Venezia de hace 400 y 500 años la muestran casi exáctamente igual a como es ahora, con los mismos edificios y arquitectura, lo que cambia son los vestidos de la gente; lo mismo pasa en Firenze. Aguantando las preguntas sin respuesta, soportando llegar hasta donde uno puede, se aprende bastante. Parecen fotos y sin embargo son pinceles, mármoles, textos, discursos de formas y colores. Mario
Otra vez saludo a mis amigos. Quiero hacer una breve consideración acerca de las obras de arte en pintura y escultura. He visto muchas –ya lo he relatado- de los más variados y célebres artistas; cada una te obliga a detenerte y hacerte cien preguntas sobre la obra en sí, su historia, el tipo que la hizo, la técnica, el estilo, quién y para qué y dónde se la encargaron, el material empleado, el tema o contenido de la composición y finalmente -sea una estatua o una pala- aquello que está representado. No es tarea fácil pero deja su provecho aunque sean más las preguntas que las respuestas.
Es evidente que son textos para ser leídos tal como se lee un libro, hay mil detalles en cada una que no están puestos porque sí ni azarosamente; obedecen a un plan preconcebido, hay un cálculo en el discurso de los artistas, un intento de transmitir una idea o una fantasía lenta y previamente amasada. No hay obra que no esté indisolublemente ligada a la época en que fue realizada y sin la historia de las circunstancias de ese siglo se traba el entendimiento. Por ejemplo, las pinturas de temas religiosos no se pueden apreciar bien si no se conoce un poco de historia sagrada y el particular tiempo y lugar en que fueron realizadas. Hoy no tendría sentido hacerlas y es por eso que los pintores se dedican a otros temas.
Las pinturas y las estatuas hablan, son palabras congeladas que cuentan varias historias en simultáneo, en principio cuatro, la del artista, su estilo y escuela, la del tema representado, y el lugar y época en que fueron hechas. Son un libro abierto y hay que aprender a leerlo; obviamente quien más estudió mejor lee. A poco que uno va adentrándose en ese mundo se va leyendo mejor y no resulta difícil empezar a identificar a los autores. Hay quienes tienen más capacidad descriptiva que otros, están los que utilizan ciertos colores específicos, los que dibujan bien o los que no pueden obviar detalles personales; los diestros en la perspectiva, los paisajistas, los retratistas, los naturistas, etc. El que pinta desnudos y el que no, los que prefieren temas mitológicos a los religiosos, los que pintan iluminando, los que prefieren oscurecer; hay para todos los gustos.
Tengo en la retina un cuadro del Tintoretto que vi el otro día en la L’Accademia de Venezia llamado “San Marco libera uno schiavo” que cuenta la historia de un milagro realizado por la intersección de San Marcos bajando del cielo para liberar a un esclavo. Hay unos treinta personajes en el cuadro, gente de la época vestidos a la usanza, hachas y martillos rotos, al fondo un paisaje clásico de construcciones románicas, una señora de espaldas con un chico en brazos, media docena con turbantes que señalan su condición de turcos, mucha agitación en todos, el esclavo estaqueado en el piso entregado, la asombrada cara del patrón que había dado la orden de matarlo rompiéndole las piernas... digo que parece una foto de brillantes colores, y sin embargo se notan las pinceladas. A uno le parece ser el fotógrafo y estar a metros de la escena real –aunque es imaginaria- y uno se consterna porque la escena pintada es viva, tiene fuerza y vibración, potencia y realidad. Me dije... ufff... menos mal que vino San Marcos a salvarlo a ese pobre tipo...
Esa tela –una de las miles- está plagada de detalles que observándolos hablan, cada cara está trabajada al detalle en su expresión, cada vestimenta tiene sus pliegues y acompaña al movimiento del cuerpo de cada personaje; si hubiera que escribir un libro describiendo la escena y todo lo que dice, ese libro tendría unas cien páginas y aún así no sé si lograría transmitir lo mismo. Con Zulma nos quedamos bobos mirándola, y es una más de las tantas que hay, tal vez no de las mejores del Tintoretto.
Por eso pienso que entrar a esos museos es como entrar a una biblioteca y querer leer cien libros en tres horas. Hay pintores y escultores –hay obras también- sobre los que se han escrito cientos de libros y artículos; hay pinturas de hace 400 años que todavía hoy se siguen estudiando. Gracias a ellas se ha podido reconstruir la historia de los siglos, saber cómo se vestía la gente, qué comían, cómo se divertían y qué pensaban. Las pinturas a la distancia de la Venezia de hace 400 y 500 años la muestran casi exáctamente igual a como es ahora, con los mismos edificios y arquitectura, lo que cambia son los vestidos de la gente; lo mismo pasa en Firenze. Aguantando las preguntas sin respuesta, soportando llegar hasta donde uno puede, se aprende bastante. Parecen fotos y sin embargo son pinceles, mármoles, textos, discursos de formas y colores. Mario
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