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Venezia - dic.03/enero04
Thursday, January 08, 2004
Spresiano, jueves 8 de enero 2004
Bueno... hemos paseado todo el día por VENEZIA... diez largas horas visitando por segunda vez la bella ciudad de los canales y las góndolas. Sí amigos, sí, llegamos muy cansados y con la boca acalambrada de ese OHHHH! que brota espontáneamente en cada callejuela, en cada puentecito, frente a cada obra de arte. No quiero reiterarme sobre la ya contado la primera vez pero no me queda otra... es una de las ciudades más hermosas del mundo, la magia hecha realidad, un viaje sin retorno a los siglos del Renacimiento.
Llegamos a las 8 de la mañana y pudimos ver cómo se despierta La Sereníssima; la gente saliendo a trabajar, los negocios aprontando para abrir las puertas, las palomas y gorriones, los barcitos con sus parroquianos desayunando. Pocos turistas a esa hora y el aire frio y húmedo que te envuelve en una atmósfera de siglos; los vaporettos de acá para allá por el Canal Grande con los pasajeros viajando parados, las calles con sus auténticos pobladores saliendo como hormigas de secretos y oscuros callejones... toda Venezia para nosotros.
Enfilamos por la “S” turística intentando llegar a L’Accademia y varias veces equivocamos el camino yendo a parar a cualquier lado; creo que nos queríamos perder a propósito para no sentirnos turistas. Tal vez concientes de ello nos desviábamos una y otra vez del camino principal para adentrarnos en esos recónditos pasadizos en los cuales estirando yo los brazos en cruz tocaba ambas paredes. Son largos –cien, doscientos metros- y van silueteando, haciendo recodos, cruzando angostos canales y desembocando siempre en otro pasadizo que te lleva para cualquier otro sitio. Hay que ser de ahí para no perderte en esos laberintos tan antiguos y húmedos como infinitos; nunca llega el sol al piso por lo angostos, altos y encajonados que son.
En una de esas vueltas sin destino nos topamos de frente con el teatro La Fenice de fama mundial recientemente inaugurado; en otra dimos con una casa en la que había parado Wolfgang Amadeus Mozart en los carnavales de 1771 teniendo 15 años, el sitio está pegado al Ponte di Baccardi o del Cuoridoro. Hay cientos y cientos de canales y puentecitos, caminás cincuenta metros y ya te topás con uno, y te dan ganas de disparar tres o cuatro fotos por vez. Esos callejones son tan antiguos como la maldad y a cada rato te encontrás con una placa histórica que dice que ahí vivó fulano de tal en el siglo... en el siglo que quieras, el que más te guste. De repente se abren espacios amplios pero no tanto -digamos que de unos 20 por 30 metros- llamados “campos”, como placitas irregulares, casi siempre con un aljibe en el medio o la estatua de algún Dux; confluyen ahí varios pasadizos y no sabés cuál tomar para salir, entonces te perdés de vuelta y es un goce indescriptible perderte en Venezia con tu enamorada... Ahí todo es una sinfonía de siglos y palomas, de góndolas y canales de transparente verde esmeralda, de miles de rincones salidos de un sueño o una pala del Tintoretto.
Calculando que ya habíamos sobrepasado el Ponte Rialto tratábamos de ubicar el de L’Accademia cuando de repente dimos con una chiesa que me llamó la atención. Antes de continuar voy a decir que la cantidad de iglesias que hay es impresionante, no me equivoco si digo que es imposible hace cien metros sin encontrar una y a cada una no le cortás la cabeza por menos de cinco siglos y veinte obras de un pintor o escultor famoso. Sigo. Entramos a la mencionada chiesa –adentro no había nadie- y lo primero que notamos fue que la inundaba un hermoso concierto de Vivaldi; estaba fondata nel S.XI, con el campanile del S.XII. Adentro pudimos admirar esculturas y pinturas de los siglos XV al XVII, entre otras un lienzo de Giambattista Piazzetta (1683-1754), “L’Immacolatta” (1732) de Sebastiano Ricci (1659-1734), “I Santi Rocco e Sebastiano” de Angelo Trevisani (1669-1753), “Il Martirio di San Vitale” attribuito a Francesco Fontebasso, varias otras que no recuerdo y en el altar mayor “San Vitale a Cavallo e Otto (ocho) Santi” de 1514, pala de Vittore Carpaccio (1460-1525) donde representa al Santo montando brioso corcel blanco. ¿Por qué me detengo en esa chiesa...?
Pues es muy sencillo queridos amigos... se trata de LA CHIESA DE SAN VIDAL !!! Al fin !!! ... al fin se hizo Justicia y tengo una iglesia que lleva mi apellido !!! –Se trata de un Santo hermanos... SAN VIDAL, el mismo que escribe estas líneas. Afuera en el frontispicio hay un cartel que dice... “Chiesa di S. Vitale (vulgo San Vidal)”. Interrogué a una chica muy amable y me explicó que San Vitale fue un Dux de Venezia y en dialecto veneziano Vitale se dice Vidal.
Al salir de San Vitale y dar unos veinte pasos vi un muy bonito kiosko de venta de flores que me resultó lejanamente conocido; le dije a Zulma: ese es el kiosko del filme “Pan y Tulipanes”, de inmediato me apersoné al florista y me confirmó el dato, ahí filmaron esa linda película que vimos en La Plata el anteaño, tal vez la recuerden.
Preguntando dimos al fin con Il Ponte dell’Accademia que estaba ahí nomás, lo cruzamos y entramos a la galería de arte que habíamos ido a ver. Creía que conocía los principales museos de arte del mundo con excepción de algunos pocos. Cuando entré hoy en L’Accademia de Venezia me di cuenta que estaba equivocado. Conozco El Louvre y el D’Orsay de París; la Gallería degli Uffizzi y La Academia en Florencia; el Metropolitan Museum, el MoMA y el Guggenheim de New York; El Prado, el Reina Sofía y el Thysen Bornemiza de Madrid; los fastuosos palacios vaticanos de Roma, el Palazzo Ducale de Venezia y otros que ahora no me vienen a la cabeza. Afirmo ahora con certeza que entrar a visitar la Gallería dell’Accademia me voló el mate por los aires, me sacó la cabeza.
Estuvimos dentro más de tres horas recorriendo las 24 salas que atestiguan lo mejor del arte veneziano del Trecento al Settecento. Está atestada de espectaculares pinturas de Paolo Caliari detto Veronese (1528-1588), Jacopo Robusti detto Tintoretto (1519-1594), Jacopo Negretti detto Palma Il Vecchio (1480-1518), Giovanni Antonio de Sacchis detto Il Pordenone (1483-1539), Leandro da Ponte detto Bassano (1557-1622), Giambattista Tiépolo (1696-1770), Bernardo Strozzi (1581-1644), Luca Giordano (1634-1703), Andrea Mantegna, Vittore Carpaccio, Piero della Francesca, Jacopo Bellini, Giovanni Bellini, Il Giorgione, Tizziano Vechelio, Giambattista Cima da Conegliano, Lorenzo Lotto, Francesco Zuccarelli, Giannantonio Guardi, Pietro Longhi, París Bordone... en fin... la flor y nata de la pintura veneziana, todos juntos en pilas de cuadros a cual más lindo, refinado y esplendoroso. Si les gusta el arte y vienen a Venezia ya saben adónde tienen que ir, es simplemente im-per-di-ble.
Voy a dejar acá; mañana seguiré contando cómo siguió el viaje de hoy a Venezia, se ha hecho tarde y hay que ir a dormir.
Lo que sigue a continuación es un material específico que tomé de Internet sobre el tema de la PINTURA VENEZIANA. Buenas noches. Mario
Venecia resulta un ejemplo muy especial dentro del arte renacentista, en parte debido a su carácter diferenciado del resto de Italia, su poderío económico, y sus extensas relaciones con otras culturas lejanas, especialmente orientales. Marco Polo era veneciano, y ya en el siglo XIV se establecieron relaciones comerciales con la China Yuan, que se prolongaron también a lo largo de la Dinastía Ming, con el consiguiente enriquecimiento en objetos exóticos, pinturas, diseños, inventos y avances científicos. A través de las rutas hacia Oriente también tuvieron contacto ocasional con la India y, por supuesto, con los restos del Imperio bizantino, presto a caer en manos sarracenas. Cuando este hecho se produjo, Venecia supo mantener las buenas relaciones con los turcos, para de esta forma conservar las rutas de la seda abiertas para sus barcos y caravanas. A mediados del siglo XV se dejaban sentir con fuerza los vientos de la renovación intelectual del Quattrocento y Venecia se apuntó a su manera al tren del cambio. A fines del XV se traza un concreto plan de renovación exterior de la ciudad por parte de las poderosas familias que se alternaban en el poder. La renovación estaba centrada en el núcleo de San Marcos y se prodigó en una remodelación de espíritu escenográfico o teatral de las fachadas: se iluminaron con un Gótico heterodoxo, pintoresco, lleno de colores gracias a materiales polícromos como los ladrillos, cerámicas y mármoles. Al tiempo, se asimilan superficialmente las innovaciones quattrocentistas adaptando sobre las fachadas modelos decorativos de grutescos y molduras geométricas. En pintura el efecto fue similar en principio, pero la renovación terminó por ser mucho más profunda que en arquitectura. Las relaciones con Constantinopla introdujeron formas muy recargadas, decorativas, con escenas de la vida urbana, populosa y tendente a lo anecdótico. En estas escenas era frecuente observar personajes vestidos a la musulmana o retratos de los sultanes junto a los de gobernantes venecianos, plasmados con extrema riqueza en los vestidos y adornos personales. En la renovación de estas iconografías de representación del poder jugó un papel destacado Giovanni Bellini. Los venecianos se van a caracterizar por su luminosidad y colorido; para ellos, el espacio ha de estar conformado precisamente por luz y color, que asocian con lo sensual, frente a otras Escuelas que prefieren el dibujo y lo intelectual, aunque siempre pueden combinarse ambos conceptos como hizo Antonello da Messina en la imagen de San Jerónimo en su estudio. Típico también de la Escuela veneciana es el paisaje. Son los primeros en tratarlo de forma naturalista, aunque nunca tomándolo directamente del natural, sino a modo de recreación de la Arcadia ideal. Es en estos puntos donde ofrecen el contraste, teñido de rivalidad, a la Escuela romana. En pintura religiosa resultan más arcaicos en sus modelos y todavía siguen volcados en las palas de altar, inmensos lienzos que se colocaban tras el altar, con una imagen o escena edificante. La pintura de tipo profano es sin duda la más interesante. A los magníficos retratos se suman los ciclos al fresco que propiciaban las scuolas: instituciones benéficas que se mantenían gracias al aporte de los socios, que solían buscarse entre los personajes más prestigiosos de la ciudad. Las scuolas eran símbolo de prestigio y sus partícipes trataban de convertirlas en las mejores, encargando su decoración a los pintores más codiciados: son famosos los frescos de Carpaccio o Tintoretto. Ejemplo de ello son los cuadros de Veronés, Giorgione y Tiziano. El Lavatorio de Tintoretto constituye una muestra claramente representativa de las tendencias de esta Escuela veneciana. (Internet)
Bueno... hemos paseado todo el día por VENEZIA... diez largas horas visitando por segunda vez la bella ciudad de los canales y las góndolas. Sí amigos, sí, llegamos muy cansados y con la boca acalambrada de ese OHHHH! que brota espontáneamente en cada callejuela, en cada puentecito, frente a cada obra de arte. No quiero reiterarme sobre la ya contado la primera vez pero no me queda otra... es una de las ciudades más hermosas del mundo, la magia hecha realidad, un viaje sin retorno a los siglos del Renacimiento.
Llegamos a las 8 de la mañana y pudimos ver cómo se despierta La Sereníssima; la gente saliendo a trabajar, los negocios aprontando para abrir las puertas, las palomas y gorriones, los barcitos con sus parroquianos desayunando. Pocos turistas a esa hora y el aire frio y húmedo que te envuelve en una atmósfera de siglos; los vaporettos de acá para allá por el Canal Grande con los pasajeros viajando parados, las calles con sus auténticos pobladores saliendo como hormigas de secretos y oscuros callejones... toda Venezia para nosotros.
Enfilamos por la “S” turística intentando llegar a L’Accademia y varias veces equivocamos el camino yendo a parar a cualquier lado; creo que nos queríamos perder a propósito para no sentirnos turistas. Tal vez concientes de ello nos desviábamos una y otra vez del camino principal para adentrarnos en esos recónditos pasadizos en los cuales estirando yo los brazos en cruz tocaba ambas paredes. Son largos –cien, doscientos metros- y van silueteando, haciendo recodos, cruzando angostos canales y desembocando siempre en otro pasadizo que te lleva para cualquier otro sitio. Hay que ser de ahí para no perderte en esos laberintos tan antiguos y húmedos como infinitos; nunca llega el sol al piso por lo angostos, altos y encajonados que son.
En una de esas vueltas sin destino nos topamos de frente con el teatro La Fenice de fama mundial recientemente inaugurado; en otra dimos con una casa en la que había parado Wolfgang Amadeus Mozart en los carnavales de 1771 teniendo 15 años, el sitio está pegado al Ponte di Baccardi o del Cuoridoro. Hay cientos y cientos de canales y puentecitos, caminás cincuenta metros y ya te topás con uno, y te dan ganas de disparar tres o cuatro fotos por vez. Esos callejones son tan antiguos como la maldad y a cada rato te encontrás con una placa histórica que dice que ahí vivó fulano de tal en el siglo... en el siglo que quieras, el que más te guste. De repente se abren espacios amplios pero no tanto -digamos que de unos 20 por 30 metros- llamados “campos”, como placitas irregulares, casi siempre con un aljibe en el medio o la estatua de algún Dux; confluyen ahí varios pasadizos y no sabés cuál tomar para salir, entonces te perdés de vuelta y es un goce indescriptible perderte en Venezia con tu enamorada... Ahí todo es una sinfonía de siglos y palomas, de góndolas y canales de transparente verde esmeralda, de miles de rincones salidos de un sueño o una pala del Tintoretto.
Calculando que ya habíamos sobrepasado el Ponte Rialto tratábamos de ubicar el de L’Accademia cuando de repente dimos con una chiesa que me llamó la atención. Antes de continuar voy a decir que la cantidad de iglesias que hay es impresionante, no me equivoco si digo que es imposible hace cien metros sin encontrar una y a cada una no le cortás la cabeza por menos de cinco siglos y veinte obras de un pintor o escultor famoso. Sigo. Entramos a la mencionada chiesa –adentro no había nadie- y lo primero que notamos fue que la inundaba un hermoso concierto de Vivaldi; estaba fondata nel S.XI, con el campanile del S.XII. Adentro pudimos admirar esculturas y pinturas de los siglos XV al XVII, entre otras un lienzo de Giambattista Piazzetta (1683-1754), “L’Immacolatta” (1732) de Sebastiano Ricci (1659-1734), “I Santi Rocco e Sebastiano” de Angelo Trevisani (1669-1753), “Il Martirio di San Vitale” attribuito a Francesco Fontebasso, varias otras que no recuerdo y en el altar mayor “San Vitale a Cavallo e Otto (ocho) Santi” de 1514, pala de Vittore Carpaccio (1460-1525) donde representa al Santo montando brioso corcel blanco. ¿Por qué me detengo en esa chiesa...?
Pues es muy sencillo queridos amigos... se trata de LA CHIESA DE SAN VIDAL !!! Al fin !!! ... al fin se hizo Justicia y tengo una iglesia que lleva mi apellido !!! –Se trata de un Santo hermanos... SAN VIDAL, el mismo que escribe estas líneas. Afuera en el frontispicio hay un cartel que dice... “Chiesa di S. Vitale (vulgo San Vidal)”. Interrogué a una chica muy amable y me explicó que San Vitale fue un Dux de Venezia y en dialecto veneziano Vitale se dice Vidal.
Al salir de San Vitale y dar unos veinte pasos vi un muy bonito kiosko de venta de flores que me resultó lejanamente conocido; le dije a Zulma: ese es el kiosko del filme “Pan y Tulipanes”, de inmediato me apersoné al florista y me confirmó el dato, ahí filmaron esa linda película que vimos en La Plata el anteaño, tal vez la recuerden.
Preguntando dimos al fin con Il Ponte dell’Accademia que estaba ahí nomás, lo cruzamos y entramos a la galería de arte que habíamos ido a ver. Creía que conocía los principales museos de arte del mundo con excepción de algunos pocos. Cuando entré hoy en L’Accademia de Venezia me di cuenta que estaba equivocado. Conozco El Louvre y el D’Orsay de París; la Gallería degli Uffizzi y La Academia en Florencia; el Metropolitan Museum, el MoMA y el Guggenheim de New York; El Prado, el Reina Sofía y el Thysen Bornemiza de Madrid; los fastuosos palacios vaticanos de Roma, el Palazzo Ducale de Venezia y otros que ahora no me vienen a la cabeza. Afirmo ahora con certeza que entrar a visitar la Gallería dell’Accademia me voló el mate por los aires, me sacó la cabeza.
Estuvimos dentro más de tres horas recorriendo las 24 salas que atestiguan lo mejor del arte veneziano del Trecento al Settecento. Está atestada de espectaculares pinturas de Paolo Caliari detto Veronese (1528-1588), Jacopo Robusti detto Tintoretto (1519-1594), Jacopo Negretti detto Palma Il Vecchio (1480-1518), Giovanni Antonio de Sacchis detto Il Pordenone (1483-1539), Leandro da Ponte detto Bassano (1557-1622), Giambattista Tiépolo (1696-1770), Bernardo Strozzi (1581-1644), Luca Giordano (1634-1703), Andrea Mantegna, Vittore Carpaccio, Piero della Francesca, Jacopo Bellini, Giovanni Bellini, Il Giorgione, Tizziano Vechelio, Giambattista Cima da Conegliano, Lorenzo Lotto, Francesco Zuccarelli, Giannantonio Guardi, Pietro Longhi, París Bordone... en fin... la flor y nata de la pintura veneziana, todos juntos en pilas de cuadros a cual más lindo, refinado y esplendoroso. Si les gusta el arte y vienen a Venezia ya saben adónde tienen que ir, es simplemente im-per-di-ble.
Voy a dejar acá; mañana seguiré contando cómo siguió el viaje de hoy a Venezia, se ha hecho tarde y hay que ir a dormir.
Lo que sigue a continuación es un material específico que tomé de Internet sobre el tema de la PINTURA VENEZIANA. Buenas noches. Mario
Venecia resulta un ejemplo muy especial dentro del arte renacentista, en parte debido a su carácter diferenciado del resto de Italia, su poderío económico, y sus extensas relaciones con otras culturas lejanas, especialmente orientales. Marco Polo era veneciano, y ya en el siglo XIV se establecieron relaciones comerciales con la China Yuan, que se prolongaron también a lo largo de la Dinastía Ming, con el consiguiente enriquecimiento en objetos exóticos, pinturas, diseños, inventos y avances científicos. A través de las rutas hacia Oriente también tuvieron contacto ocasional con la India y, por supuesto, con los restos del Imperio bizantino, presto a caer en manos sarracenas. Cuando este hecho se produjo, Venecia supo mantener las buenas relaciones con los turcos, para de esta forma conservar las rutas de la seda abiertas para sus barcos y caravanas. A mediados del siglo XV se dejaban sentir con fuerza los vientos de la renovación intelectual del Quattrocento y Venecia se apuntó a su manera al tren del cambio. A fines del XV se traza un concreto plan de renovación exterior de la ciudad por parte de las poderosas familias que se alternaban en el poder. La renovación estaba centrada en el núcleo de San Marcos y se prodigó en una remodelación de espíritu escenográfico o teatral de las fachadas: se iluminaron con un Gótico heterodoxo, pintoresco, lleno de colores gracias a materiales polícromos como los ladrillos, cerámicas y mármoles. Al tiempo, se asimilan superficialmente las innovaciones quattrocentistas adaptando sobre las fachadas modelos decorativos de grutescos y molduras geométricas. En pintura el efecto fue similar en principio, pero la renovación terminó por ser mucho más profunda que en arquitectura. Las relaciones con Constantinopla introdujeron formas muy recargadas, decorativas, con escenas de la vida urbana, populosa y tendente a lo anecdótico. En estas escenas era frecuente observar personajes vestidos a la musulmana o retratos de los sultanes junto a los de gobernantes venecianos, plasmados con extrema riqueza en los vestidos y adornos personales. En la renovación de estas iconografías de representación del poder jugó un papel destacado Giovanni Bellini. Los venecianos se van a caracterizar por su luminosidad y colorido; para ellos, el espacio ha de estar conformado precisamente por luz y color, que asocian con lo sensual, frente a otras Escuelas que prefieren el dibujo y lo intelectual, aunque siempre pueden combinarse ambos conceptos como hizo Antonello da Messina en la imagen de San Jerónimo en su estudio. Típico también de la Escuela veneciana es el paisaje. Son los primeros en tratarlo de forma naturalista, aunque nunca tomándolo directamente del natural, sino a modo de recreación de la Arcadia ideal. Es en estos puntos donde ofrecen el contraste, teñido de rivalidad, a la Escuela romana. En pintura religiosa resultan más arcaicos en sus modelos y todavía siguen volcados en las palas de altar, inmensos lienzos que se colocaban tras el altar, con una imagen o escena edificante. La pintura de tipo profano es sin duda la más interesante. A los magníficos retratos se suman los ciclos al fresco que propiciaban las scuolas: instituciones benéficas que se mantenían gracias al aporte de los socios, que solían buscarse entre los personajes más prestigiosos de la ciudad. Las scuolas eran símbolo de prestigio y sus partícipes trataban de convertirlas en las mejores, encargando su decoración a los pintores más codiciados: son famosos los frescos de Carpaccio o Tintoretto. Ejemplo de ello son los cuadros de Veronés, Giorgione y Tiziano. El Lavatorio de Tintoretto constituye una muestra claramente representativa de las tendencias de esta Escuela veneciana. (Internet)
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